Microrrelato: La voz

“Varios años atrás, mientras buscaba imágenes para un reportaje en las calles de un distrito de París,  me encontré a una mujer delgada y demacrada,  sentada contra la pared y con las rodillas  apretadas contra el pecho. La suciedad, su mandíbula desdentada y las arrugas que hace crecer la miseria, ocultaban los rasgos de una mujer de apenas 40 años.

Cantaba. Cantaba letras de Edith Piaf con una voz que el propio Ruiseñor  habría envidiado, con tanta alegría que casi era una broma de mal gusto verla salir de aquella cara de  gesto triste y pómulos afilados.

Me acerqué para ponerle unos francos al lado de sus pies, pero alzó su mirada y me negó con la cabeza.

-¿Por qué cantas entonces? – le pregunté, sorprendido.

– Canto para no morirme.”

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