¿Cuánto vive una vaca? (un relato para animales)

Aquel iba a ser un gran día para Andy.
Hacía ya un mes que le habíamos anunciado cuál iba a ser el regalo por su séptimo cumpleaños: el perro que tanto había estado pidiendo.
La primera opción era comprárselo, pero, tras haberlo hablado con amigos. al final nos convencieron de que lo adoptáramos. Tras varias llamadas contacté con Austin, un granjero de las afueras que acababa de tener una camada de 7 perros, el cual se mostró encantado de cederme cuantos quisiera. Ya tenía muchos animales a su cuidado y no quería tener que darlos a una perrera o sacrificarlos, como hacían muchos. Acordamos vernos en un par de semanas.

El día del cumpleaños de Andy, este no paró de saltar y gritar hasta que subimos al coche para ir a la granja. Cuando llegamos, este se quedó fascinado al ver todos los animales: vacas, ovejas, perros, caballos… y corrió directo hacia la valla nada mas bajarse del coche. Al poco llego el dueño, Austin, un hombre barbudo y corpulento, de unos 50 años y voz ronca y potente. Nos dijo que le acompañásemos andando hasta el lugar donde estaban los perros, un patio detrás del establo. 
Al verlos, Andy gritó excitado y comenzó a jugar con ellos como un loco. Había tres negros, dos blancos, uno marrón y uno blanco con manchas negras.
El granjero y yo nos quedamos en un lado viéndole jugar. De vez en cuando se acercaba a donde estábamos para decirme que cada vez le gustaba uno distinto y que se quería llevar todos.
La conversación con Austin fue algo complicada, no era un hombre de muchas palabras. Yo le decía que era una suerte haberle encontrado, al menos, un dueño a uno de los perritos y este se limitó a asentir con la cabeza soltando un gruñido. Varios segundos después añadió:

– Muchos de ellos, al final, los tenemos que dar a la perrera o acaban abandonados o sacrificados.

– Vaya -respondí yo-, con razón lo dicen: “vaya vida de perros”- a lo cual, el granjero respondió con una estridente carcajada.

Aproveché, entonces, ese momento que Andy estaba cerca, para preguntarle cual de todos iba a elegir:

– Recuerda que solo puede ser uno- le dije.

Tras unos momentos de queja por no poder quedarse con todos, al final Andy cedió y su pequeña mano apuntó al blanco moteado. Estaba decidido.
Cogimos al perrito, lo envolvimos en una pequeña manta que traíamos y volvimos andando al coche, mi hijo adorando su nuevo tesoro, Austin callado con el ceño fruncido mirando hacia ninguna parte y yo deseando largarme de allí. A pocos metros del coche fue cuando Andy se paró de pronto, mirando hacia algo que estaba ocurriendo al otro lado de la valla.

– Papa, ¿por qué se están llevando a las vacas? ¿A dónde se las llevan?- Dos hombres estaban metiendo varias vacas en la parte trasera de un camión de transporte de ganado.

– Pues se las llevan porque… están mayores y… para que vivan en otro sitio.

– ¿Ya están mayores? ¿Cuánto vive una vaca?

La cosa se estaba poniendo fea.

– Pues…- Fue en ese momento cuando Austin decidió salir de su mutismo. Y eligió el peor momento:

– Pues mira, chaval, da igual cuánto vive una vaca, porque estas, como casi todas, acaban en el matadero para que tú puedas comerte unas buenas hamburguesas.

Andy se quedó pálido y boquiabierto y se volvió hacia mí como queriendo que le dijese que eso no era cierto y que no nos íbamos a comer las vacas en hamburguesa por la noche. Pero entre lo inesperado de la respuesta espontanea de Austin y que no sabía cómo salir del atolladero, me limité a balbucear:

– Bueno… sí, algunas… pero no todas, solo las que están más…- Le comencé a responder dirigiendo una mirada a Austin, esperando que comprendiera mi estrategia y me siguiese el juego. Error.

– No, no,que va, aquí todas las que ya no valen para dar leche acaban en el matadero para aprovechar la carne.

Andy estaba al borde del colapso con sus grandes ojos abiertos de par en par y la boca casi desencajada mirando hacia el camión. Me apresuré a acercarme para consolarlo, pero, antes de llegar a su lado, se volvió, nos dirigió la mirada seria de un niño que se ha dado cuenta de algo importante, y dijo:

– Vaya vida de vacas.- Y se fue andando hacia el coche.

Esa noche y todas las que siguieron, Andy se negó a comer más hamburguesas.

Keral

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