La mañana después de la nevada

La mañana después de la nevada tiene sabor a merengue.

Solo con abrir la persiana (un poco, nada), ya percibimos una luminosidad extraña, habitualmente ausente. Todo brilla más la mañana después de la nevada.
Los coches, las furgonetas, los setos de arizónicas, los rosales, los abetos, los castaños…. todos se han vestido con una nube de azúcar, como enormes rosquillas de esas que están cubiertas por una costra de dulce blancura.

Y el mundo está más silencioso. Quizá porque el frío aplasta los ruidos bajo la nieve quizá porque los neutraliza en la atmósfera gélida de la mañana, el mundo después de la nevada es un oasis de silencio entre el pandemonio del día a día cotidiano.
Si hay algún transeúnte (poco probable), este camina despacio, vigilante, con su atención repartida entre la contemplación de la inusual y bella blancura y la inestabilidad de un suelo esponjosamente blanco pero peligrosamente helado. Si hay algún vehículo (menos probable aun), este camina más despacio, si cabe, temiendo un patinaje inesperado que lo precipite contra una farola. Y digo camina, porque el vehículo, a duras penas consigue ir más rápido de lo que iría un peatón andando por la acera. A esa velocidad es como si el coche fuese de puntillas, como queriendo pasar desapercibido, como temiendo una inesperada regañina.

Ante esa inmensa capa de blancura, todos hacemos lo mismo: mirar.
Extasiados, embriagados, asombrados, analizando cómo la nieve ha transformado todos y cada uno de los objetos que, un día cualquiera, en el día a día, nos pasarían desapercibidos.
Miramos, allá a lo lejos, cómo la nieve le ha hecho un bonito gorro de seda para la cabeza luminosa de las farolas, miramos cómo se ha posado sobre cada rama de los árboles caducos, desnudos de hojas, como queriendo vestirles en compensación por haberles arrebatado sus ropajes durante el otoño, miramos cómo la nieve, caprichosa, se ha posado hasta en las más minúsculas superficies: las vallas que rodean los jardines, el pequeño retrovisor de un Fiat 600, las pequeñas hojas de un rosal… y hasta en sus minúsculas espinas.

Miramos cómo el grisáceo asfalto de la calle se ha puesto el traje de gala para recibir al invierno. Y al mirarlo nos viene la inevitable tentación: nos morimos de ganas por caminar sobre él, dibujar nuestras huellas para, después, mirar hacia detrás y ver la sinuosa ruta de nuestras pisadas. Pero, a la vez, un paradójico sentimiento de culpa nos invade: nos da lástima dañar tan perfecta y esponjosa superficie. Es como un ultraje, una falta de respeto, como rallar la superficie de una pulida estatua de mármol. Pero al final, caemos en el pecado.

La mañana después de la nevada hace que el mundo, el mismo en el que andamos a diario, se transforme en otro mundo. Más bello, más limpio, más pacífico. Esa imagen durará lo que el sol decida que tenga que durar, pero hasta ese momento, hasta que el sol comience a esculpir las antiguas y conocidas figuras sobre la nieve, parece que la gente se siente más feliz.

O quizá no sólo lo parece.

Keral

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