El pastor de nubes

Dedicado a Eduardo Galeano.

Amador Luna era ya anciano cuando mis pasos acabaron encontrándose junto a su sombra. 

Me contó que era pastor de nubes y que había varios como él repartidos por el mundo, en lugares estratégicos situados cada varios cientos de kilómetros. Cada uno se encargaba de una franja del cielo y las movían, removían, agitaban y agrupaban  todos los días menos los nublados, que era cuando descansaban.

  • ¿No te has fijado en que, de vez en cuando, hay personas que miran muy atentas hacia el cielo? – me dijo-.  Esos somos los pastores de nubes. Nos encargamos de darles forma, movimiento, agrupar a las más perezosas y recoger a las más rezagadas. Las moldeamos haciendo esculturas, pero claro, duran solo unos segundos. Las nubes son muy volátiles y revoltosas y no se dejan esculpir tan fácilmente como el mármol o la madera.

Con cierta fascinación e incredulidad, le pregunté:

  • Pero… ¿y los días nublados, los de lluvia?
  • Los días de lluvia es cuando se reúne la tribu entera, bailan, saltan unas contra otras, hacen fiestas, abren champán y, cuando la fiesta está más animada, las copas se derraman y caen sobre nuestras cabezas.

 

Keral

Anuncios

Los últimos segundos de Norma Jean

Está tensa. Su mano izquierda tiembla. Duda. Tiene miedo.

Se mira a los ojos, el espejo los refleja como un eco.

 

El metal se levanta y secciona el tejido como mantequilla.

Es breve.

 

Los mechones rubios impactan contra el suelo.

Norma se vuelve a mirar…

…dando la bienvenida a Marylin.

 

Keral

Evolución

Los dedos de Joaquín se apretaban con fuerza contra la dura superficie. Estaban blancos por la presión y el sudor se comenzaba a acumular en la cara, la cual se comprimía en una mueca de tremendo esfuerzo, con los dientes apretados y el ceño fruncido.

Sus piernas intentaban dar el impulso que le aproximase a la pared mientras su respiración había entrado en apnea, conteniéndose para acumular la fuerza necesaria para ese último impulso. Tras unos segundos de incertidumbre, su cuerpo comenzó a ascender, acompañado de un poderoso gruñido de energía acumulada. Al fin, sudoroso y jadeante, el cuerpo hemipléjico de Joaquín consiguió enderezarse frente a la espaldera.

Desde atrás, pudimos escuchar su voz fatigada murmurando:
– Como agarre al primer mono que tuvo la jodida idea…

El último asalto

Sin saber por qué, le di un puñetazo.
Empezó el último asalto y mi sangre cubría el cuadrilátero. Los insultos de la muchedumbre, cabreada por el espectáculo lamentable que estaban viendo, me taladraban el cráneo mientras las palabras del entrenador resonaban en mi cabeza : “vamos, aguanta, no ataques, no se te ocurra cagarla.”
Volví a mi estrategia: moverme en círculos y protegerme.
Corría el último minuto y todo el público silbaba. Treinta segundos, veintinueve… Se acercaba el momento acordado.
Y entonces él tuvo que atragantarse. No se cómo diablos lo hizo, pero empezó a ahogarse con su propio protector dental y le golpeé. Le golpeé,  sin pensarlo, en mitad del estómago. con todas las fuerzas que había estado controlando durante once asaltos, en el instante justo en el que yo debía recibir el puñetazo que me noquease y le diese a él la victoria. 

Salvé su vida, gané la pelea… y perdí un millón de dólares.

Keral

La mañana después de la nevada

La mañana después de la nevada tiene sabor a merengue.

Solo con abrir la persiana (un poco, nada), ya percibimos una luminosidad extraña, habitualmente ausente. Todo brilla más la mañana después de la nevada.
Los coches, las furgonetas, los setos de arizónicas, los rosales, los abetos, los castaños…. todos se han vestido con una nube de azúcar, como enormes rosquillas de esas que están cubiertas por una costra de dulce blancura.

Y el mundo está más silencioso. Quizá porque el frío aplasta los ruidos bajo la nieve quizá porque los neutraliza en la atmósfera gélida de la mañana, el mundo después de la nevada es un oasis de silencio entre el pandemonio del día a día cotidiano.
Si hay algún transeúnte (poco probable), este camina despacio, vigilante, con su atención repartida entre la contemplación de la inusual y bella blancura y la inestabilidad de un suelo esponjosamente blanco pero peligrosamente helado. Si hay algún vehículo (menos probable aun), este camina más despacio, si cabe, temiendo un patinaje inesperado que lo precipite contra una farola. Y digo camina, porque el vehículo, a duras penas consigue ir más rápido de lo que iría un peatón andando por la acera. A esa velocidad es como si el coche fuese de puntillas, como queriendo pasar desapercibido, como temiendo una inesperada regañina. Sigue leyendo

Las ciudades invisibles

Las ciudades invisibles

 Tardé 30 años en verlas. O al menos en darme cuenta de que estaban ahí.

Están ocultas bajo las capas de cemento y prisa y han aprendido a guarecerse contra los depredadores de nueva generación. La evolución ha hecho más poderosos a sus enemigos, pero ellas aun tienen una ventaja de su parte: siempre han estado ahí. Conocen y sienten la tierra que pisan mejor que cualquiera que venga a expulsarlos. Y el instinto de supervivencia es el más fuerte de los impulsos vitales.

 Una ciudad invisible pertenece a los restos de un pasado íntimo, pertenece a cada pedazo de tierra y asfalto, un lugar que aún conserva refugios para cada individuo.

Esta es la historia de una ciudad invisible. Pero para entenderla no podemos mirar con la misma lente deformada que observa todo bajo un mismo patrón. Y yo la encontré tras una pequeña puerta de hierro y cristal con un cartel colgado en su frente: 

“Este local NO se vende”

10635729_895133187172228_1278482892231453936_n

 La tienda de encuadernación Díaz Quirós decía bien claro lo que opinaba. Pertenecía a una ciudad especial, a una ciudad invisible, que había perdido terreno ante una señora fría y calculadora llamada Especulación. Esta señora de vientre pálido y voz impertinente apareció un día en la puerta, ofreciendo un trato al señor Díaz Quirós. Este, muy gentilmente, la agarró con sus  manos enormes y callosas y la lanzó lejos de su cueva. Al día siguiente, un certero cartel apareció contrarrestando el de “Se vende” que la viscosa visitante había conseguido colgar en los dos locales contiguos.

 Antonio, el hombre tras la máscara del señor Díaz Quirós, me habla ahora de lo que era su ciudad 20 años atrás, cuando no era invisible, cuando la gente era otra, cuando el mundo era otro.

-¿No es lo mismo ahora que lo que era?- le pregunto.

– No, porque algunos se han muerto, otros se han ido y otros… ya no son. – Me responde mientras recorremos algunas de las calles de su ciudad, revelándome el pasado de lo que vamos viendo en ese momento.

Como un viaje en el tiempo, la oficina de Bankia de la calle Calatrava se convierte en un populoso colmado, donde la gente acude en ruidosa armonía, para contarse las últimas noticias del barrio;

IMG-20141214-WA0002

             

 la huevería, clausurada desde hace años, vuelve a abrir su estrecha puerta de madera esperando a los primeros clientes de la mañana;

     

 

IMG-20141214-WA0003

la lechería del número 16, con su cierre metálico ahora estropeado, reparte de nuevo botellas de cristal bajo fianza de una peseta;

 

 

IMG-20141214-WA0001

 

la droguería, tapiada por tablones de aglomerado, vuelve a surtir sus fórmulas universales entre el vecindario.

 Can´t kill what´s inside-NO PUEDES MATAR LO QUE YACE DENTRO,  proclama en su fachada una pequeña muestra de arte urbano .

 

La mirada grisácea de Antonio muestra que es consciente de que su ciudad invisible va perdiendo poco a poco las piedras que permitían pisarla. Pero el cartel sigue ahí, colgado, combatiente, en la puerta de uno de esos locales que empiezan a extinguirse en Madrid, mostrando aun toda la resistencia que se le puede oponer a un mundo que tiene cada vez menos en cuenta que nuestros sueños se crean con las cosas que construimos y no con aquellas que compramos.

Keral

 

Microrrelato: (para CHARLIE) Gabinete de crisis

 

Por la libertad.
Por el humor.
Por Charlie.

Estaban todos:
Alá, Brahma, Buda, Shiva.
Amón-Ra , Zeus, Vishnú, Odín, Osiris.
Quetzacoatl, Yahvé, Wiracocha y Hunab Ku cerrando el círculo.
– Es la única solución – decía Brahma- esto ha pasado los límites.
– Pero acordamos no meternos en la Evolución Natural, solo zarzas ardiendo y esas cosas. Además, ellos saben que esto no funciona así – contestó Yahvé.
– Sí, por eso siguen creyendo que el mundo se creó en siete días, lo de las diferentes castas, las guerras santas… – añadió Wiracocha.
– Bueno, lo que está claro es que se nos ha ido de las manos – concluyó Alá, silencioso durante casi toda la reunión.- Nunca hemos hecho nada por pararlo… pero tampoco han demostrado dar la talla. Merecen un cambio evolutivo.
– Pero… ¿así, sin más, castigando a ateos por pecadores? – contestó Yahvé.
– Hasta que se den cuenta.
Se hizo votación: Doce a favor, una abstención. Estaba hecho.

En ese instante, 259 madres daban a luz en la Tierra.
Todos los nacidos tenían rasgos de primate.

Keral