La mañana después de la nevada

La mañana después de la nevada tiene sabor a merengue.

Solo con abrir la persiana (un poco, nada), ya percibimos una luminosidad extraña, habitualmente ausente. Todo brilla más la mañana después de la nevada.
Los coches, las furgonetas, los setos de arizónicas, los rosales, los abetos, los castaños…. todos se han vestido con una nube de azúcar, como enormes rosquillas de esas que están cubiertas por una costra de dulce blancura.

Y el mundo está más silencioso. Quizá porque el frío aplasta los ruidos bajo la nieve quizá porque los neutraliza en la atmósfera gélida de la mañana, el mundo después de la nevada es un oasis de silencio entre el pandemonio del día a día cotidiano.
Si hay algún transeúnte (poco probable), este camina despacio, vigilante, con su atención repartida entre la contemplación de la inusual y bella blancura y la inestabilidad de un suelo esponjosamente blanco pero peligrosamente helado. Si hay algún vehículo (menos probable aun), este camina más despacio, si cabe, temiendo un patinaje inesperado que lo precipite contra una farola. Y digo camina, porque el vehículo, a duras penas consigue ir más rápido de lo que iría un peatón andando por la acera. A esa velocidad es como si el coche fuese de puntillas, como queriendo pasar desapercibido, como temiendo una inesperada regañina. Sigue leyendo

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